Sobre los niños y el civismo

ninos-jugandoLa falta de educación se ha convertido en una práctica frecuente y ha hecho del defecto una simpática virtud. Y digo simpática porque no dejó de resultarnos curioso ver, a lo largo de la tarde y en cualquier barrio de la capital, a pequeñas personitas, que apenas levantan un palmo del suelo, escupir a cualquier viandante, pegar pelotazos a diestro y siniestro e, incluso, hacer del deterioro del mobiliario público un juego de lo más entretenido.

A mí, la visión de este tipo de comportamientos me lleva a pensar inmediatamente en los padres y, por tanto, educadores de esos potenciales hooligans y, en cuanto los localizo con la mirada, observo estupefacta que no solo no se molestan en levantarse de las sillas de las terrazas que están ocupando para reprender a sus hijos, sino que su comportamiento les provoca aplausos y más de una carcajada. Y pobre del que ose llamarles la atención por consentir semejante espectáculo y falta de educación, porque en seguida se indignarán y echarán balones fuera, intentando convencer a su interlocutor de que la culpa en ningún momento ha sido suya, dado que ellos están apurando sus cañas sin molestar a nadie.

En ese momento, pasas de maldecir a los niños a compadecerte de ellos e, incluso, justificar su falta de civismo. Qué podemos esperar de las nuevas generaciones si, en ocasiones, la falta de juicio parece hereditaria y si tienen que tomar como modelo a adultos a los que la ausencia de modales les resulta indiferente o, cuanto menos, divertida.

Por otra parte, nuestra incapacidad para asumir como propias las faltas que nos corresponden nos lleva a culpar a un concepto tan abstracto como «la sociedad» de los comportamientos que nos escandalizan y que vemos, todos los días, a nuestro alrededor. ¿Cómo actúa exactamente esa figura pervertidora llamada sociedad y que, se supone, ha desviado cientos de comportamientos que deberían ser ejemplares? ¿No sería mucho más coherente que fuésemos capaces de mirarnos de forma individual, tengamos hijos o no, y de forma conjunta en un gran espejo? A lo mejor así podríamos ser verdaderamente conscientes de como nosotros mismos estamos contribuyendo a que la tónica social general se base en la falta de respeto y de valores, a que lo anormal y censurable sea visto como algo habitual y carente de importancia.

Lo preocupante es nuestra actitud ante el problema, no solo el problema en sí mismo. Solo cabe esperar que la tarea de educar deje de convertirse, para algunos, en una actividad secundaria y empiece a considerarse como uno de los pilares que modelan la forma de ser de las personas y que permite un aprendizaje continuo, tanto en el caso de quienes deben ser educados como de los educadores.

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