Ocho años de luto en la otra casa de Bernarda Alba

La casa de Bernarda Alba estrena su segunda temporada en el teatro La Encina. Fotografía: María Moya.

Ocho años de duelo comienzan en La casa de Bernarda Alba. En escena, sus cinco hijas desfilan de luto y se sientan a sus flancos: a la izquierda, Amelia, Martirio y Angustias; a la derecha, Magdalena y Adela. Lo hacen con los versos de Lorca sonando a través de una voz en directo -la de Mariana Taranto-. Y el primer golpe de efecto aparece cuando se descubren el velo: cinco hombres interpretando el papel de cinco mujeres sometidas al estricto yugo de su disciplinada madre y asistidas por una vieja criada -papeles también interpretados por varones-.

La hogareña sala del teatro La Encina ha estrenado, bajo la dirección Paco Sáenz, la segunda temporada de esta particular adaptación de una de las obras más célebres del poeta y dramaturgo granadino. Una versión que supone un reto tanto para los actores como para un espectador que espera ver el relato costumbrista de la mujer rural española a mediados del siglo XX. Una obra que es crítica en sí misma, que cuestiona las tradiciones propias de la época, como el fanatismo religioso del que emana el riguroso luto, o las diversas pautas de comportamiento materializadas en los diferentes atributos propios de la idiosincrasia del momento. La impresión general al ver la obra suele coincidir: tras dos escenas, desaparece el actor y solo queda el personaje que, finalmente, difumina el rol de género.

Escena de la obra. Fotografía: María Moya.

Víctor Fornieles o, mejor dicho, Amelia, cuenta que la preparación y la caracterización no están exentas de cierta dificultad, y que entraña un verdadero desafío. A la labor de revelar al público los entresijos familiares y las conexiones emocionales entre los personajes, se añade otra particularidad: «mostrar lo que vivía una mujer de la época a través un cuerpo de un de varón, con mucho cuidado, mucho cariño y, sobre todo, mucho respeto», reflexiona el actor. Para ello, el director pide a sus artistas en cada ensayo que conecten con el personaje, con la situación de encierro, con el ansia de libertad, con las vivencias y emociones de la mujer sometida a la tiranía de su progenitora. «Buscar en ti esa experiencia, cuidar los matices y los gestos sin llegar a convertirte en una mujer», explica Víctor Fornieles.

«Los personajes se van redescubriendo en cada ensayo, en cada obra. Es la magia del teatro.»

Pero también les pide que indaguen cómo reaccionar ante la prisión en la que se convierte su hogar. Amelia, la hija mediana de Bernarda Alba y Antonio María Benavides, afronta la reclusión con empatía, con amabilidad y cariño. «Intenta apaciguar el ambiente de la casa y aportar positivismo. Le pasa lo mismo que a todas: la necesidad de libertad, de salir de casa, de vivir, de huir del encierro permanente, de la reclusión que les ‘muerde’ a todas, impuesta muy directamente por la madre, que le impide romper el luto. Quieren salir de esa realidad que les atormenta y ella, ante esa adversidad, elige aportar lo más positivo», relata el actor. «Sacrifica sus propios intereses para ayudar a sus hermanas», concluye. Los personajes nunca son iguales, sino que se van perfilando a medida que van avanzando en cada función: «Se van redescubriendo en cada ensayo, en cada obra. Es la magia del teatro«, reconoce Víctor… Amelia.

Teatro La Encina. Fotografía: María Moya.

Las luces de la sala están a punto de apagarse. Al quebranto de la escena final le acompaña la voz que antes cantó unos versos de La Leyenda del Tiempo. Pero esta vez suena Romance Sonámbulo, justo antes de que Bernarda diga la última palabra antes de que caiga el telón: «¡Silencio!».

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