La interculturalidad de una peluquería

Vista general de una peluquería. Foto: nanawork.com

Gonzalo dice que Ana está por llegar. Lo dice mientras estaciona su moto en la acera de Ezequiel Solana y Carolina Coronado, Pueblo Nuevo, y arma conversación entre los clientes que esperan a que Ana, su esposa, abra la peluquería.

El reloj marca las veinte menos quince; hace frío. En la espera, Gonzalo cuenta que es de Ecuador. Que llegó a España a buscarse la vida hace 12 años y que ha pasado por muchos trabajos hasta ahora, que entrega comida rápida por el día y ayuda en la peluquería durante la noche.

Ana, su mujer, es del mismo país, pero de Cañar, una pequeña provincia al sur de Ecuador. Después de una década de vivir entre Madrid y Barcelona, su hablado ha ganado cierta entonación, el pretérito perfecto en los verbos (he llegado tarde) y expresiones como “mola”, “qué chulo”, “a que sí”.

Un español, al que la calvicie le va ganando la partida, dice que ha esperado media hora afuera de la peluquería solo porque es cliente desde hace mucho y porque el corte le cuesta cinco euros.

Clientes a la espera de su turno, en una peluquería. Foto: nanawork.com

–Ana corta rápido y barato. Además –ríe– con tan pocos pelos, uno ya no puede ponerse exigente.

La peluquería de Ana y Gonzalo tiene apenas dos sillas para cortar el pelo, una para lavar cabezas y cuatro para quienes esperan. Es una de las más baratas del sector. Peruanos, ecuatorianos, colombianos, puertorriqueños, chilenos, dominicanos, venezolanos y algunos españoles figuran entre la lista de clientes que Ana y Gonzalo atienden regularmente.

Abrieron el negocio hace cuatro años, “cuando la situación acá se puso difícil”, me cuenta Ana, al tiempo que le iguala las patillas a un dominicano y escucha una novela mexicana en un canal con sede en Miami, Estados Unidos.

Gonzalo interrumpe para hablar de política: de lo que pasa en Ecuador y la crisis de la que está saliendo España: “las cosas ya no son como antes, pero para quien sabe trabajar, hay trabajo”, dice.

Una joven peruana espera su turno con una revista de chismes sobre el jet set español. Gonzalo vuelca su atención al móvil, donde revisa los post de sus amigos ecuatorianos en Facebook.

Antes de despedirse, Ana le ofrece al cliente español un producto extranjero contra la caída del cabello.

–Son unas ampollas que te pones después de cada baño –le dice–. Me han contado que son muy buenas, son colombianas.

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