Gritar, el deporte español

Foto: www.rincondelvago.com

Es un viernes por la noche y para empezar bien el fin de semana, había quedado con algunos amigos para repasar e intercambiar las aventuras de la última semana. Así es, que nos buscamos un lugar para beber y picar algo. Un viernes como muchos, podría decir uno más. Pero aquí para una extranjera como yo, empieza la experiencia de un choque cultural, aunque ya llevo años en este ambiente.

Estas noches de pasarlo bien y charlar con tus amigos aquí en Madrid, cada vez se convierten en un concurso de gritos. El que quiere ser escuchado, tiene que acallar a los demás gritones, que tienen el potencial de ‘romper’ cristales o los oídos simplemente subiendo su voz. En España se grita. Y no sólo se hace en un bar, donde por naturaleza hay más ruidos producidos por multitud de conversaciones que suceden al mismo tiempo, sino también en cualquier lugar, ocasión o situación. Se chilla en vez de hablar.

No será por nada que en el extranjero existe la imagen de que los españoles son ruidosos y se detectan fácilmente por su ser atronador. En la red, incluso, existen páginas que juegan con el prejuicio. Según un artículo publicado en 2012 en El País, se trata de un problema de raíz cultural.

Evidentemente, tiene que ser algo cultural, ya que en ningún otro país al que viajé he tenido experiencias parecidas. Y he viajado mucho… Además está comprobado que, por ejemplo, en Alemania, Suiza, los países de Escandinavia o Inglaterra, la tranquilidad y el silencio son algo que se agradece.

El fenómeno no simplemente se acaba en cuanto sales del bar o del lugar que has elegido para salir. La contaminación acústica se extiende también al transporte público, a la calle, o incluso a la biblioteca, donde se supone que hay un ambiente silencioso. Sin embargo, muchas veces he observado como, mientras intentaba concentrarme, grupos o parejas de trabajo de repente se acumularon justo al lado y no paraban de hablar. Y ni un aviso les podía poner freno. Al final, tienes que cambio de lugar.

Tampoco en casa uno debería contar con un refugio protector donde al menos por un tiempo el silencio domina el espacio y uno puede desconectarse. Eso por lo menos es lo que sucede si vives con más personas. El volumen de voz de naturaleza parece ser más alto de lo normal, así que a mí, como alemana, una conversación normal puedo terminarla con un «Pero, por favor, ¡no chilles…!» .

Cuando no son los compañeros de piso los que llaman la atención, los vecinos pueden ser muy útiles también para que no olvides que estén allí. A las ocho de la mañana gritando a sus niños para que se visten o tomen su desayuno. A las diez, las dos vecinas que se comunican a través de sus ventanas para intercambiar cotilleo. Antes de la hora de comer -y también mientras- gritos entre familias. Por la noche, cualquier cosa entre conversación a gritos, una película que iba a ver más tarde pero ahora ya no la tengo que ver porque ya lo sé todo, y ruidos que mejor quedan indefinidos. Lo que en mi país puede provocar que el vecino toca tu timbre para pedir que te callas porque ya son las once de la noche, o en el peor caso incluso causa una llamada a la policía, aquí se aguanta. O al día siguiente el portero avisa que algún vecino se ha quejado sobre ruidos del otro vecino.

La verdad es que da la sensación de estar en un nido de pajaritos luchando por la antención de su madre que ha venido a darles comida. Él que más grita, será alimentado y se hará el más fuerte del nido. Pero en el caso español ningún pájaro ha venido para traer comida, ni se trata de la supervivencia del más fuerte. Es decir que muchas veces no hay por qué subir la voz. Además, a menudo los temas gritados no tienen mucha importancia, lo que sí es una opinión muy subjetiva, pero dicho sinceramente: ¿nosotros de verdad queremos saber que el hombre en la mesa vecina ha ido al médico para tal cosa, o que por la mañana ha comido un roscón? No creo.

Volviendo a este dicho viernes y el plan de charlar un poco con mis amigos, mientras tranquilamente nos tomamos una caña: hay que decir que a menudo acabamos hablándonos a gritos, aunque me parece que con cada vez que se abre la boca de la persona enfrente, sus palabras desaparecen en la densa cacofonía de gritos, voces y la música del sitio.

Todo en todo, al final hay que abrazar esta diferencia cultural, por lo menos en los lugares públicos, y empezar a afinar su baja voz extranjera para entrar preparado al siguiente reto a gritos. ¡A que me escuchen!

Nicole Ris

Soy de Berlín y viví una gran parte de mi vida en esta ciudad. Aparte de Berlín he vivido entre otros en España, Hungría y Chile. Ahora mismo otra vez vivo en España y llevo 1,5 años aquí. Después de haber trabajado por varios años hice la carrera de Ciencias Culturales (especialidades Ciencias Sociales y Historia Cultural), la cual terminé en abril de este año. Gracias a varias prácticas ya podía ganar experiencia laboral en la radio y la redacción de una producción televisiva.

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