Cada vez más lejos de ‘El Señor de los Anillos’

La segunda entrega de la trilogía de ‘El Hobbit’ tiene más parecidos con su antecesora que con la estupenda saga de ‘El Señor de los Anillos’.

Bilbo Bolsón con su espada élfica en un fotograma del filme. /Universal Pictures
Bilbo Bolsón con su espada élfica en un fotograma del filme. /Universal Pictures

Si usted es un admirador de la literatura de J. R. R. Tolkien o un adepto de la saga de El Señor de los Anillos, probablemente haya ido al cine a ver la primera película de la trilogía que Peter Jackson está realizando sobre El Hobbit, una novela de ciento ochenta páginas o algo más de doscientas, según la edición que se trate. Sin embargo, su impresión al salir seguramente le haya causado algún tipo de atoramiento por lo que acaba de experimentar y no se encuentre usted muy convencido de que ir a ver la segunda película de la saga, El Hobbit: La Desolación de Smaug, sea una idea del todo brillante. El problema que posiblemente se haya planteado usted, querido lector, es que le suceda lo mismo que ante el primer film: que salga de la sala un poco más pobre –económicamente hablando- y enfadado por tener que soportar insoportables canciones de enanos.

La recepción crítica en 2012 de El Hobbit: Un Viaje Inesperado no fue precisamente –y con razón– lo que se denomina un gran bombazo. Su secuela, El Hobbit: La Desolación de Smaug, parece que ha mejorado un poquito –pero muy, muy poquito– los resultados que la crítica arrojó sobre la primera en la web Rotten Tomatoes: del sesenta y cinco por ciento de reseñas positivas que obtuvo el inicio de la aventura de Bilbo Bolsón, se ha llegado al setenta y cinco por ciento en la segunda entrega. Lo difícil, en este caso, era empeorar los datos de semejante macroproducción.

Esta segunda parte de la saga –que no nos engañen los números– transcurre por los mismos derroteros que su antecesora, aunque los enanos, afortunadamente, cantan bastante menos. Del poder evocador del libro infantil de Tolkien nos queda poco o casi nada, por no decir nada, y del parecido con El Señor de los Anillos –por el que muchos se acercan al cine y pagan su costosa y querida entrada– solo se mantienen Legolas y sus ojos, esta vez bastante más azules.

Podría decirse que la película se articula sobre tres secuencias clave –el enfrentamiento con las arañas, la huida en barriles de la fortaleza élfica y la lucha con el dragón–, pero en ninguna se observa la épica y la grandilocuencia fantástica de El Señor de los Anillos. Si a esto se le suma la capacidad de Jackson para saltarse la literalidad con la novela –como ya había hecho estupendamente, por ejemplo, en El Señor de los Anillos: Las dos Torres– y sacarse de la manga a personajes tan trillados como la elfa Tauriel, interpretada por Evangeline Lilly, el resultado está bastante más cerca de su antecesora que de la película que logró once premios Oscar. Discurra usted, querido lector, si Peter Jackson está haciendo una trilogía de ciento sesenta minutos por película –ciento sesenta y nueve en la primera– de un librito de ciento ochenta páginas por necesidad artística o para ganar más dinero.

Diego Fonseca Rodríguez

Periodista graduado por la Universidad de Santiago de Compostela. Experiencia en prensa impresa, prensa digital y radio. Ahora mismo en la Agencia EFE.

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